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Peregrinos

Hoy traigo una reflexión que me persigue hace un tiempo. Me persigue y me preocupa a partes iguales, pero sólo ha sido ahora que he conseguido encontrar el modo de articularla “en voz alta” para poderla compartir y así abrir un posible debate sobre el tema. La cuestión no es otra que el peregrinaje psicológico por el que transitan las personas hasta llegar a nosotros. Sé que no se trata de algo novedoso, incluso recuerdo que en más de una ocasión nos hablaron de esto en la Facultad, pero últimamente me planteo algunas cuestiones que pueden ser espinosas. Intentaré abordar el tema sin eludir la autocrítica pues aquí nadie está libre de error.

El concepto de peregrinaje vuelve a mi mente para asociarse con este tema rescatado de la lectura de If you meet the Buddha on the road, kill him! de Sheldon B. Kopp. Tras este título de impacto se esconde un interesante libro de reflexión sobre el arte de la psicoterapia, llámenle filosofía de la psicoterapia si así les gusta, en el que plantea el papel de la persona que busca ayuda como un peregrino y el del psicoterapeuta como un guía en su camino. Sea que llegué al libro por casualidad, lo recomendaba un personaje a otro en una serie de televisión y yo, curioso insaciable, obnubilado por el título sentencioso, me lo compré para devorarlo con fruición. Es un libro interesante, pero mi idea del peregrino no se ciñe sólo al camino que tiene que andar la persona para recuperarse de sus problemas, empieza antes, cuando decide buscar ayuda y comienza a chocarse con guías que no le acompañan del modo que espera.

Últimamente me encuentro con esto. Si me pongo a pensarlo ya lo he encontrado antes, pero ahora me llama más la atención por algún motivo. En el primer encuentro, tras preguntar por la evolución del problema, salen a relucir unos cuantos intentos con otros profesionales de la salud mental (psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas…) que no han sabido dar con la tecla y cuyas actuaciones la persona pone en duda contando cosas que hacen que uno, para sus adentros, se eche las manos a la cabeza. Sucede, sin embargo, que de repente, entre la ristra de profesionales que han visitado previamente, surge el nombre de algún colega conocido cuya seriedad y buen hacer están fuera de dudas. Se produce una disonancia entre la información recibida y el conocimiento que tenemos del trabajo de los compañeros.

En primera instancia uno intenta no hacer leña del árbol caído y defender la profesionalidad de los compañeros, incluso aunque no se los conozca personalmente, alegando que la nuestra no es una ciencia exacta, que el proceso depende mucho de conseguir establecer una buena relación y que no todo el mundo tiene porqué cuajar bien, que podemos funcionar muy bien con unas personas y no dar pie con bola con otras (aquí tiramos de autocrítica y recordamos situaciones en las que hemos tenido que derivar a alguien por no disponer de recursos para ayudarle o de personas que nos han abandonado pues, con toda razón, sentían que estábamos dando palos de ciegos, suspirando aliviado al contrastar mentalmente que el porcentaje de aciertos sigue siéndonos muy favorable), intentamos explicar que las actuaciones que no les han gustado tenían un sentido que no han sabido ver pero que para nosotros resulta obvio… No son excusas, es la verdad tal cual es, o al menos tal cual yo la veo. Muchas veces el hecho de no poder ayudar a alguien en concreto no se debe a una mala praxis por parte del profesional, o por una falta de conocimientos, sino a un choque frontal con las expectativas previas de los peregrinos. Volveremos sobre esto un poco más adelante, antes vamos a tratar un segundo supuesto.

El segundo supuesto en cuestión es cuando te cuentan que tal o cual profesional ha hecho esto o lo otro que no es una buena idea desde ninguna perspectiva que uno pueda buscar para comprender su actuación. Aquí toca poner cara de póker e intentar no echar más tierra encima al compañero de la que ya le está echando nuestro interlocutor. ¿Cómo actuar en ese caso? ¿Contactando con el profesional e informándole? ¿Pidiéndole explicaciones? ¿Quién soy yo para hacer una cosa así? ¿Realmente son las cosas como nos las están contando? Este segundo supuesto tiene más miga.

De lo anterior destaco dos cuestiones que son las que me resultan de mayor relevancia ahora mismo. De una parte, el problema de las expectativas poco realistas respecto a nuestra profesión y posibilidades. De otra, el desagradable momento en que nos cuentan algo que nos hace escandalizarnos. Probablemente se pueda sacar mucho más jugo de este tema, también intentaré una aproximación luego, pero vayamos por partes.

El problema de las expectativas poco realistas

Últimamente me contactan muchas familias que tienen hijos con problemas de conducta o con TDAH. Esto tiene varias causas, por supuesto. Funcionan las recomendaciones y el boca a boca que se agregan a la necesidad de las familias y a recibir información, supongo que positiva, sobre mi trabajo. Hasta aquí todo en orden, este es, a grandes rasgos, el método habitual que tenemos para conseguir trabajos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte vengo notando que la demanda viene delimitada por ciertos programas de televisión. Sabemos a cuales me refiero y los profesionales saben hasta qué punto deforman la realidad del trabajo con los chavales, sobre todo en el plano de los resultados y el tiempo que se tarda en obtenerlos, por no hablar de las técnicas poco ortodoxas que ponen en práctica. El no haber encontrado a estos superterapeutas en la persona de psicólogos normales y corrientes, de carne y hueso, cuyas capacidades no están magnificadas por las cámaras, hace que las familias entiendan que el profesional ha “fracasado”.

Hace ya años me enfrenté con la, para mí en aquel tiempo, extraña idea de Jean Baudrillard de la muerte, más bien asesinato, de la realidad. En El crimen perfecto explica como mediante la espectacularización de la realidad esta desaparece. No es este el lugar para tratar el tema en profundidad, pero ciertamente nos afecta esta psicoterapia ficción que semanalmente introduce la pantalla en millones de hogares. Aunque en lo fundamental todos sabemos que la realidad es mucho más densa y compleja de lo que muestran los medios, incluso somos levemente concientes de que nos mienten en función de sus intereses económicos, cuando nos sentamos ante esa hiperrealidad, que a veces se presenta más real que la realidad misma, el cerebro procesa la historia como si fuese dos más dos son cuatro. Se generan unas expectativas que son la via regia al fracaso de cualquier profesional que vaya a establecer un tratamiento serio y real.

En este sentido hace ya un tiempo que intento detectar estas expectativas en mi primer encuentro con las personas. No resulta difícil que salga el tema, a veces ni siquiera es necesario forzarlo. Está muy presente en el “inconsciente colectivo” (sobre este particular me gustaría extenderme algún día, pues es otro tema con mucho jugo). Una vez detectada esta creencia, se plantea como primera labor urgente, antes de ninguna otra intervención, el trabajo de ponerla en cuestión.

Hasta ahora no ha sido muy complicado desmontar esta idea. No hay más que tratarla como cualquier otra idea irracional y cae por su propio peso, no en vano el hecho de la falsedad de cuanto emite la televisión es algo de sobras conocido. Una vez generada una expectativa realista podemos trabajar con menos presión. Por supuesto esto no es una excusa para eternizarse, al contrario. Lo deseable en cualquier caso es resolver los problemas de la mejor forma posible en el menor tiempo posible, pero al menos nadie se va a sentir engañado si en dos sesiones no ven resultados.

Por supuesto, el tema no se agota aquí. No todas las expectativas poco realistas devienen de estos programas que, por otro lado, están haciendo una buena labor al concienciar a las personas que los problemas de conducta de los chavales pueden tener solución. Sería injusto no reconocer que esta cuestión está aportando esperanza y poniendo en el camino de la resolución a muchas familias. Igualmente, hay muchas otras fuentes de expectativas poco ajustadas a la realidad, pero por ahora sólo voy a dejar apuntado el tema. Si alguien quiere aportar algo a este respecto será bien recibido y podremos dialogar sobre ello.

Pues tal compañero hizo cual cosa horrible…

Esta situación suele ser espinosa. Al menos en mi posición resulta complicado pues desde muy pequeño tengo grabado a fuego en lo más profundo de mi mente que ser un chivato es de las peores cosas que uno puede ser. Pero, además, se une la cuestión de no ser quién para juzgar la actuación de un compañero. No puedo poner en duda su profesionalidad, ni sobreentender que su actuación no tiene un sentido basado en datos de los que yo no dispongo. Los encargados de evaluar esas cuestiones serían los miembros de la Comisión de Deontología correspondiente. ¿Tendría que denunciarlo yo? A priori, sin haber sido testigo directo, tiendo a pensar que el denunciante debe ser el que ha tenido la experiencia directa. En cualquier caso, tampoco nadie me ha contado nada tan terrible como para salir corriendo a denunciar a un peligro inminente para la sociedad y/o sus clientes. Además, siguiendo otra máxima que reza así: se dice el pecado pero no el pecador, habitualmente cuando me cuentan “barbaridades” no me dan los datos del “bárbaro”. Me quedan dudas al respecto, pero no tanto como para no dormir por las noches pensando que estoy actuando mal.

Sin embargo, estas quejas por partes de las familias son igualmente ilustrativas. De algún modo nos están informando de los límites; de lo que consideran correcto y lo que no; de su necesidad de información sobre qué se está haciendo, sus objetivos y motivos. En definitiva, nos está dando unas pistas que pueden ser de la máxima importancia a la hora de diseñar los programas de tratamiento y, sobre todo, de implementarlos. Nos cuenta los caminos tortuosos por los que los peregrinos han recorrido y como necesitan poder confiar ciegamente en su guía antes de poderlos transitar.

De algún modo tenemos que aprender de los errores de nuestros compañeros, pero sin perder de vista que más que ser un error de ellos se trata de una percepción de la familia de lo que ellos estaban proponiendo. Obviamente se puede tratar de errores reales, más o menos graves, y la evaluación de la familia ser totalmente ajustada. Dentro de lo posible es interesante evaluar esto con tranquilidad. Igual que antes, esta cuestión aún puede dar para mucho más, se aceptan sugerencias.

Otras cuestiones

Decía al principio que cuando tenemos el primer encuentro con la persona con la que vamos a trabajar, o con la familia, ya hay un peregrinaje previo que los ha traído hasta nosotros. Aceptando la metáfora de Kopp, como guías de los peregrinos debemos ver la meta a la que aspiran llegar y ayudarles en su camino, pero no debemos perder de vista el camino que ha facilitado nuestro encuentro.

El análisis del camino recorrido resulta fundamental para determinar el que aún falta por recorrer. ¿Qué pasa cuando nos informan que técnicas y programas contrastados empíricamente no han funcionado? ¿Y si el error no estaba en el plan diseñado? Si el programa de modificación de conducta de un compañero, en casi todo igual al mío, no ha funcionado ¿por qué voy a hacerlo yo mejor? Responder a estas cuestiones es vital para el éxito de nuestra intervención. El abanico de posibilidades es amplio y debemos estar atentos para detectar la correcta.

Por otro lado resulta interesante que, a pesar del rosario de quejas sobre otros profesionales, los peregrinos sigan buscando un guía y no renieguen totalmente de encontrarlo. Señal de que tan mal no han hecho las cosas. Pero, ¿qué pasa cuando el peregrino reniega de buscar un guía y se dedica a hablar mal no sólo de la persona que se equivocó sino de la profesión al completo? El boca a boca funciona para lo bueno y para lo malo. Tenemos que estar pendientes para no cometer errores que puedan desembocar en esta última opción, no sólo por nosotros mismos sino por toda la profesión, además de la responsabilidad implícita en nuestro trabajo.

Aunque el tema de la responsabilidad es de la máxima importancia, no es el que ahora mismo me preocupa, sino el de la percepción social del papel del psicólogo (o psicoanalista, o psiquiatra, o neuropsicólogo, o…). Este particular da para muchas reflexiones y está también mediatizado por la televisión, las películas, etc… y sospecho que excede el tiempo que el lector estandard está dispuesto a dedicarle a un blog, así que lo dejo apuntado para tratarlo más adelante de nuevo o, si alguien quiere, debatirlo en los comentarios.

Gracias por su atención.

Referencias bibliográficas:

BAUDRILLARD, J. El crimen perfecto. (1996) Barcelona: Ed. Anagrama

KOPP, S.K. If you meet the Buddha on the road, kill him! The pilgrimage of psychotherapy patients. (1972) New York: Bantam Books

Literatura para psicólogos (I) – Morfina de Mijaíl Bulgákov

Vaya por delante que no soy experto en Literatura y que no pretendo decir a nadie qué tiene que leer. El sentido de escribir esto es que, de un tiempo a esta parte, vengo dándome cuenta que hay libros que, tras leerlos, me han aportado algo que, en cierto sentido, amplia mi forma de ver las cosas proporcionándome cierta ayuda en mi desempeño profesional. Es en este sentido que quiero compartir estas lecturas por si alguien más las encuentra estimulantes y, ya de paso, dejar la puerta abierta a un debate en el cual poder profundizar en este tema.

He elegido empezar con esta antología de relatos de Mijaíl Bulgákov por la sencilla razón de ser el último ejemplo de esta categoría que he leído. Sin entrar en el terreno de la crítica literaria, que excede a todas luces mis posibilidades y cualificación, sí que puedo avanzar que se trata de una lectura dinámica, de esos libros que casi se leen solos. Al principio, el patrón de médico joven que duda de sus capacidades pero luego resuelve la situación de una forma brillante suena un poco repetitivo. Sin embargo, es este, a mi modo de verlo, el primer gran acierto del libro y que me hace recomendarlo a otros psicólogos.

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Portada de la edición del libro en Compactos de la editorial Anagrama. Ya sólo con saber que está en esta colección alguno se sentirá interesado.

El modo en que el autor refleja sus dudas e incertidumbres ante la posibilidad de encontrarse con una persona cuyo problema exceda sus capacidades, así como su lucha con el peso de la responsabilidad me han hecho sentirme muy identificado con el protagonista. Cierto que ya hace tiempo que no soy un “novato” y, sin embargo, aún me queda la comezón ante cada nueva entrevista, ¿por donde irán las cosas esta vez?. ¿sabré ver con claridad?. Por supuesto, la experiencia ayuda y, como bien advierte Bulgákov, nunca hay que dejar de leer y seguir estudiando, pero entiendo que ese pequeño pellizco de inseguridad es sano y no es bueno perderlo. Al menos en mi caso me ayuda a ser cuidadoso en la evaluación y a no dar nada por supuesto hasta que la evidencia no es clara. Delimitar mal un problema se convierte en parte del problema, hacer un análisis fino es el principio de la solución.

Una vez establecida esta estructura canónica en los primeros relatos, el autor pasa a romper con ella, conditio sine qua non para que el resto de la lectura resulte interesante, y narra tres fracasos reseñables y dignos de tomar en consideración. El fracaso ante lo inevitable, el fracaso ante la ignorancia y el fracaso por ignorancia.

Respecto al fracaso ante lo inevitable resulta de gran interés el miedo y la frustración que abocan al personaje a tomar un camino de huida absurdo que casi le cuesta muy caro. La lucha contra la ignorancia del médico que protagoniza los relatos, trasunto literario del propio autor, es una constante que nos puede resultar de especial utilidad como psicólogos cuando nos enfrentamos a situaciones en los que la queja, la demanda, y el auténtico problema no coinciden, sin embargo la persona oye sin escuchar cuanto queramos decirle al respecto. Finalmente, el dramático fracaso por la propia ignorancia, que en la ficción no tiene consecuencias negativas, es el que más alerta debe ponernos. Estudiar, evaluar y, en caso de duda, consultar a un compañero o, directamente, derivar. La lectura de estos relatos puede resultar enriquecedora, cada uno a su particular manera.

El punto álgido de la antología, el relato más largo y que le da título al total, nos lleva a la propia experiencia del autor y su adicción a la morfina. No es la única narración que se puede encontrar sobre adicciones en la literatura, ni de lejos. Sin salir de Rusia, Dostoievski, en su magnífico, “El jugador” habla de la ludopatía. En el otro mundo, William Bourroughs, en “El almuerzo desnudo”, hace un retrato vívido de la realidad demencial en la que vive el adicto a la heroína. La lista podría continuar y seguro que alguien puede sugerir más obras. ¿Qué hace especial este “Morfina” de Bulgákov? No sabría decirlo, quizá el estar escrito por un médico y narrar la lucha sin cuartel contra el proceso, con sus treguas, sus pequeños éxitos y sus grandes derrotas, la vergüenza, la reafirmación… Una ventana abierta a la mente del adicto, un apoyo para comprender sus vivencias.

Y hasta aquí las impresiones que me ha causado la antología y porqué la recomiendo a otros compañeros y compañeras. ¿Alguna sugerencia u opinión al respecto?

Gracias por su atención.

 

¿A qué lado de la bata blanca estás?

Mi reflexión de hoy, perdónenme por empezar por una perogrullada, me viene dando vueltas a la cabeza desde hace un tiempo y tiene que ver con un elemento sobre el que nunca me había parado a plantearme demasiadas cosas. Sí, es obvio, el título del post lo dice claro, voy a perorar un rato sobre la bata blanca.

Es un tema importante, al menos yo lo veo de ese modo. En mi viaje desde el dato blando a la neurona, de la Psicología a la Neuropsicología, una de las cosas que me causaron un primera impresión reseñable fue ponerme la susodicha bata blanca. Me reí un poco para mis adentros, lo reconozco, y pensé que quizá tuviese pinta de doctor maligno o de científico loco. Adoro la figura del científico loco como personaje de historias de terror, humor o ciencia ficción, Victor Frankenstein, Herbert West, el profesor Bacterio o Dexter el niño genio. Supongo que la imaginación se desboca, a veces, con facilidad hacia cuestiones un tanto estúpidas.

Una vez superado ese primer impacto, las cosas empiezan a tomarse como normales. Y normal es que una bata blanca, en el contexto de un hospital, te otorga de repente una cierta autoridad. Es un distintivo, un uniforme, un cartel que te ponen y que lleva escrito algo así como: “¡Hey, atentos a lo que diga este tío, que sabe de qué va el asunto!”. Es la función básica de los uniformes. Siento chafarle la intriga al que no supiese responder a la pregunta del WISC sobre este particular y los policías. El mero hecho de ponerte la bata blanca hace que las personas escuchen lo que tienes que decir y confíen en tí. Por supuesto esto no se cumple siempre, ni de igual manera en todos los casos, pero sí que es un extra importante.

ImagenAquí tenemos un ejemplo, como otro cualquiera, de nuestra amiga.

No voy a negar que estoy acostumbrado a esa autoridad y confianza. Por supuesto, como en el caso de la que emana de la bata blanca, no se da siempre ni en todos los casos por igual. Pero sí que es cierto que cuando alguien entra por la puerta de tu despacho, para confiarte sus problemas y ponerse en tus manos para que le ayudes a resolverlos, ya te está otorgando en cierta medida los mismo poderes que da el uniforme que nos ocupa. Esos poderes, y he aquí el quid de la cuestión, vienen acompañados de una responsabilidad. Sí, lo sé, he visto la película, sé que es lo que le decía no sé quién a Spiderman. ¿Y qué? ¿Deja de ser cierto porque sea la frase estrella de un blockbuster norteamericano? No nos engañemos, la respuesta es que no, que para nada, por eso funciona en la película. El poder que te otorga la persona que pone en tus manos su salud mental implica la responsabilidad de ayudarla de la mejor manera que uno sea capaz. Aunque eso implique horas de insomnio buscando respuestas o tener que aceptar que el problema nos supera en conocimiento y recurrir a derivarlo a ese colega, que todos tenemos, que pilota más que nosotros del asunto que sea.  Hay que ser honestos ante todo.

Como digo, no es la primera vez que me enfrento a una situación semejante, pero si ha sido la primera vez que lo hago uniformado de blanco (yo que soy más bien de negro y colores oscuros). La diferencia no es tanta. Por eso, quizá, me permití esa pequeña broma sobre científicos locos para mí mismo, aunque ahora la esté compartiendo con cualquiera que tenga la paciencia de leerme. Creo que no me hubiese parado ni siquiera a planteármelo sino me hubiese tocado cambiar de hospital y de lado de la bata blanca. Así, de repente, dejó de hacerme gracia el asunto y lo del científico loco ya no me parecía tan buena idea.

No ha sido nada grave, por suerte, lo que me ha llevado a verme frente a una bata blanca que no era la mía. Pero sí lo suficientemente inquietante como para dar conmigo en un hospital siendo sometido a una electromiografía (la cual, por cierto, en el estercolero intelectual de Internet está muy sobrevalorada en cuanto a evento productor de dolor y sensaciones desagradables, vamos que no es para tanto). Ahí estaba yo, frente a las batas blancas y, para más inri, en el servicio de neuronosequelogía. Entre colegas, como quien dice. A pesar de todo eso, sentía un poco de ansiedad, no por la prueba en sí, sino por los resultados. Quería saber que le pasaba a mi mano y cómo solucionarlo, y esas batas blancas, cuesta ver a la persona que hay debajo, sabían la solución.

No puedo quejarme del trato ni la atención que me ofrecieron, al contrario, es de agradecer su amabilidad y asertividad, las explicaciones que me ofrecieron y las distintas opciones que me dieron. Unos grandes profesionales, pero no por llevar una bata blanca o por saber muchísimo de lo suyo, sino porque, además, comprenden que nadie va a un hospital por gusto y la importancia que tiene para los pacientes recibir una atención adecuada, cercana, comprensiva y detallada. Una gran lección.

Con estas, después de terminar mi sesión de electrocución matutina, volví al hospital que me correspondía y me enfundé mi bata blanca. No creo que mi actitud con los pacientes haya cambiado en lo fundamental, siempre he intentado ser cercano, cordial y todas esas cosas, lo que sí ha cambiado es otra cosa. Ahora entiendo un poco mejor como se sienten cuando están frente a nosotros y, en este campo, cualquier cosa que nos ayude ponernos en la posición del otro pienso que supone un pasito adelante que damos para poder serle de más utilidad en su proceso. Hay muchas formas de empatizar con los pacientes, mírese cualquier manual básico de psicoterapia, pero la verdadera empatía, la genuina, el yo sé lo que es eso, aunque sólo sea un poquito, es algo que siempre debemos intentar conseguir si no queremos perder de vista a la persona que sufre y que confía en nosotros para aliviar el dolor en la medida de las posibilidades. Esto sirve tanto en la Psicología como en la Neuropsicología, no hay datos blandos ni neuronas de las que hablar en esto, al final lo importante son, y serán siempre, las personas.

Poco más se me ocurre por el momento sobre este asunto, espero que, si alguien tiene algo que aportar lo haga y se pueda enriquecer esta pequeña reflexión.