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¿A qué lado de la bata blanca estás?

Mi reflexión de hoy, perdónenme por empezar por una perogrullada, me viene dando vueltas a la cabeza desde hace un tiempo y tiene que ver con un elemento sobre el que nunca me había parado a plantearme demasiadas cosas. Sí, es obvio, el título del post lo dice claro, voy a perorar un rato sobre la bata blanca.

Es un tema importante, al menos yo lo veo de ese modo. En mi viaje desde el dato blando a la neurona, de la Psicología a la Neuropsicología, una de las cosas que me causaron un primera impresión reseñable fue ponerme la susodicha bata blanca. Me reí un poco para mis adentros, lo reconozco, y pensé que quizá tuviese pinta de doctor maligno o de científico loco. Adoro la figura del científico loco como personaje de historias de terror, humor o ciencia ficción, Victor Frankenstein, Herbert West, el profesor Bacterio o Dexter el niño genio. Supongo que la imaginación se desboca, a veces, con facilidad hacia cuestiones un tanto estúpidas.

Una vez superado ese primer impacto, las cosas empiezan a tomarse como normales. Y normal es que una bata blanca, en el contexto de un hospital, te otorga de repente una cierta autoridad. Es un distintivo, un uniforme, un cartel que te ponen y que lleva escrito algo así como: “¡Hey, atentos a lo que diga este tío, que sabe de qué va el asunto!”. Es la función básica de los uniformes. Siento chafarle la intriga al que no supiese responder a la pregunta del WISC sobre este particular y los policías. El mero hecho de ponerte la bata blanca hace que las personas escuchen lo que tienes que decir y confíen en tí. Por supuesto esto no se cumple siempre, ni de igual manera en todos los casos, pero sí que es un extra importante.

ImagenAquí tenemos un ejemplo, como otro cualquiera, de nuestra amiga.

No voy a negar que estoy acostumbrado a esa autoridad y confianza. Por supuesto, como en el caso de la que emana de la bata blanca, no se da siempre ni en todos los casos por igual. Pero sí que es cierto que cuando alguien entra por la puerta de tu despacho, para confiarte sus problemas y ponerse en tus manos para que le ayudes a resolverlos, ya te está otorgando en cierta medida los mismo poderes que da el uniforme que nos ocupa. Esos poderes, y he aquí el quid de la cuestión, vienen acompañados de una responsabilidad. Sí, lo sé, he visto la película, sé que es lo que le decía no sé quién a Spiderman. ¿Y qué? ¿Deja de ser cierto porque sea la frase estrella de un blockbuster norteamericano? No nos engañemos, la respuesta es que no, que para nada, por eso funciona en la película. El poder que te otorga la persona que pone en tus manos su salud mental implica la responsabilidad de ayudarla de la mejor manera que uno sea capaz. Aunque eso implique horas de insomnio buscando respuestas o tener que aceptar que el problema nos supera en conocimiento y recurrir a derivarlo a ese colega, que todos tenemos, que pilota más que nosotros del asunto que sea.  Hay que ser honestos ante todo.

Como digo, no es la primera vez que me enfrento a una situación semejante, pero si ha sido la primera vez que lo hago uniformado de blanco (yo que soy más bien de negro y colores oscuros). La diferencia no es tanta. Por eso, quizá, me permití esa pequeña broma sobre científicos locos para mí mismo, aunque ahora la esté compartiendo con cualquiera que tenga la paciencia de leerme. Creo que no me hubiese parado ni siquiera a planteármelo sino me hubiese tocado cambiar de hospital y de lado de la bata blanca. Así, de repente, dejó de hacerme gracia el asunto y lo del científico loco ya no me parecía tan buena idea.

No ha sido nada grave, por suerte, lo que me ha llevado a verme frente a una bata blanca que no era la mía. Pero sí lo suficientemente inquietante como para dar conmigo en un hospital siendo sometido a una electromiografía (la cual, por cierto, en el estercolero intelectual de Internet está muy sobrevalorada en cuanto a evento productor de dolor y sensaciones desagradables, vamos que no es para tanto). Ahí estaba yo, frente a las batas blancas y, para más inri, en el servicio de neuronosequelogía. Entre colegas, como quien dice. A pesar de todo eso, sentía un poco de ansiedad, no por la prueba en sí, sino por los resultados. Quería saber que le pasaba a mi mano y cómo solucionarlo, y esas batas blancas, cuesta ver a la persona que hay debajo, sabían la solución.

No puedo quejarme del trato ni la atención que me ofrecieron, al contrario, es de agradecer su amabilidad y asertividad, las explicaciones que me ofrecieron y las distintas opciones que me dieron. Unos grandes profesionales, pero no por llevar una bata blanca o por saber muchísimo de lo suyo, sino porque, además, comprenden que nadie va a un hospital por gusto y la importancia que tiene para los pacientes recibir una atención adecuada, cercana, comprensiva y detallada. Una gran lección.

Con estas, después de terminar mi sesión de electrocución matutina, volví al hospital que me correspondía y me enfundé mi bata blanca. No creo que mi actitud con los pacientes haya cambiado en lo fundamental, siempre he intentado ser cercano, cordial y todas esas cosas, lo que sí ha cambiado es otra cosa. Ahora entiendo un poco mejor como se sienten cuando están frente a nosotros y, en este campo, cualquier cosa que nos ayude ponernos en la posición del otro pienso que supone un pasito adelante que damos para poder serle de más utilidad en su proceso. Hay muchas formas de empatizar con los pacientes, mírese cualquier manual básico de psicoterapia, pero la verdadera empatía, la genuina, el yo sé lo que es eso, aunque sólo sea un poquito, es algo que siempre debemos intentar conseguir si no queremos perder de vista a la persona que sufre y que confía en nosotros para aliviar el dolor en la medida de las posibilidades. Esto sirve tanto en la Psicología como en la Neuropsicología, no hay datos blandos ni neuronas de las que hablar en esto, al final lo importante son, y serán siempre, las personas.

Poco más se me ocurre por el momento sobre este asunto, espero que, si alguien tiene algo que aportar lo haga y se pueda enriquecer esta pequeña reflexión.

 

 

 

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