Archivos Mensuales: junio 2013

¿A qué lado de la bata blanca estás?

Mi reflexión de hoy, perdónenme por empezar por una perogrullada, me viene dando vueltas a la cabeza desde hace un tiempo y tiene que ver con un elemento sobre el que nunca me había parado a plantearme demasiadas cosas. Sí, es obvio, el título del post lo dice claro, voy a perorar un rato sobre la bata blanca.

Es un tema importante, al menos yo lo veo de ese modo. En mi viaje desde el dato blando a la neurona, de la Psicología a la Neuropsicología, una de las cosas que me causaron un primera impresión reseñable fue ponerme la susodicha bata blanca. Me reí un poco para mis adentros, lo reconozco, y pensé que quizá tuviese pinta de doctor maligno o de científico loco. Adoro la figura del científico loco como personaje de historias de terror, humor o ciencia ficción, Victor Frankenstein, Herbert West, el profesor Bacterio o Dexter el niño genio. Supongo que la imaginación se desboca, a veces, con facilidad hacia cuestiones un tanto estúpidas.

Una vez superado ese primer impacto, las cosas empiezan a tomarse como normales. Y normal es que una bata blanca, en el contexto de un hospital, te otorga de repente una cierta autoridad. Es un distintivo, un uniforme, un cartel que te ponen y que lleva escrito algo así como: “¡Hey, atentos a lo que diga este tío, que sabe de qué va el asunto!”. Es la función básica de los uniformes. Siento chafarle la intriga al que no supiese responder a la pregunta del WISC sobre este particular y los policías. El mero hecho de ponerte la bata blanca hace que las personas escuchen lo que tienes que decir y confíen en tí. Por supuesto esto no se cumple siempre, ni de igual manera en todos los casos, pero sí que es un extra importante.

ImagenAquí tenemos un ejemplo, como otro cualquiera, de nuestra amiga.

No voy a negar que estoy acostumbrado a esa autoridad y confianza. Por supuesto, como en el caso de la que emana de la bata blanca, no se da siempre ni en todos los casos por igual. Pero sí que es cierto que cuando alguien entra por la puerta de tu despacho, para confiarte sus problemas y ponerse en tus manos para que le ayudes a resolverlos, ya te está otorgando en cierta medida los mismo poderes que da el uniforme que nos ocupa. Esos poderes, y he aquí el quid de la cuestión, vienen acompañados de una responsabilidad. Sí, lo sé, he visto la película, sé que es lo que le decía no sé quién a Spiderman. ¿Y qué? ¿Deja de ser cierto porque sea la frase estrella de un blockbuster norteamericano? No nos engañemos, la respuesta es que no, que para nada, por eso funciona en la película. El poder que te otorga la persona que pone en tus manos su salud mental implica la responsabilidad de ayudarla de la mejor manera que uno sea capaz. Aunque eso implique horas de insomnio buscando respuestas o tener que aceptar que el problema nos supera en conocimiento y recurrir a derivarlo a ese colega, que todos tenemos, que pilota más que nosotros del asunto que sea.  Hay que ser honestos ante todo.

Como digo, no es la primera vez que me enfrento a una situación semejante, pero si ha sido la primera vez que lo hago uniformado de blanco (yo que soy más bien de negro y colores oscuros). La diferencia no es tanta. Por eso, quizá, me permití esa pequeña broma sobre científicos locos para mí mismo, aunque ahora la esté compartiendo con cualquiera que tenga la paciencia de leerme. Creo que no me hubiese parado ni siquiera a planteármelo sino me hubiese tocado cambiar de hospital y de lado de la bata blanca. Así, de repente, dejó de hacerme gracia el asunto y lo del científico loco ya no me parecía tan buena idea.

No ha sido nada grave, por suerte, lo que me ha llevado a verme frente a una bata blanca que no era la mía. Pero sí lo suficientemente inquietante como para dar conmigo en un hospital siendo sometido a una electromiografía (la cual, por cierto, en el estercolero intelectual de Internet está muy sobrevalorada en cuanto a evento productor de dolor y sensaciones desagradables, vamos que no es para tanto). Ahí estaba yo, frente a las batas blancas y, para más inri, en el servicio de neuronosequelogía. Entre colegas, como quien dice. A pesar de todo eso, sentía un poco de ansiedad, no por la prueba en sí, sino por los resultados. Quería saber que le pasaba a mi mano y cómo solucionarlo, y esas batas blancas, cuesta ver a la persona que hay debajo, sabían la solución.

No puedo quejarme del trato ni la atención que me ofrecieron, al contrario, es de agradecer su amabilidad y asertividad, las explicaciones que me ofrecieron y las distintas opciones que me dieron. Unos grandes profesionales, pero no por llevar una bata blanca o por saber muchísimo de lo suyo, sino porque, además, comprenden que nadie va a un hospital por gusto y la importancia que tiene para los pacientes recibir una atención adecuada, cercana, comprensiva y detallada. Una gran lección.

Con estas, después de terminar mi sesión de electrocución matutina, volví al hospital que me correspondía y me enfundé mi bata blanca. No creo que mi actitud con los pacientes haya cambiado en lo fundamental, siempre he intentado ser cercano, cordial y todas esas cosas, lo que sí ha cambiado es otra cosa. Ahora entiendo un poco mejor como se sienten cuando están frente a nosotros y, en este campo, cualquier cosa que nos ayude ponernos en la posición del otro pienso que supone un pasito adelante que damos para poder serle de más utilidad en su proceso. Hay muchas formas de empatizar con los pacientes, mírese cualquier manual básico de psicoterapia, pero la verdadera empatía, la genuina, el yo sé lo que es eso, aunque sólo sea un poquito, es algo que siempre debemos intentar conseguir si no queremos perder de vista a la persona que sufre y que confía en nosotros para aliviar el dolor en la medida de las posibilidades. Esto sirve tanto en la Psicología como en la Neuropsicología, no hay datos blandos ni neuronas de las que hablar en esto, al final lo importante son, y serán siempre, las personas.

Poco más se me ocurre por el momento sobre este asunto, espero que, si alguien tiene algo que aportar lo haga y se pueda enriquecer esta pequeña reflexión.

 

 

 

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Psicología y música (I): dicen que el heavy metal es para personas inteligentes.

Esta entrada la escribí para una versión previa de este blog que, finalmente, no me gustó y decidí eliminar. La rescato pues creo que es lo más interesante de lo poco que escribí allí. La dejo tal y como la puse el 23 de abril de 2012. Espero que resulte interesante para alguien.
La cosa empieza esta mañana. Estaba reflexionando sobre una cuestión que quiero tratar en este blog, pero que aún no tengo lo suficientemente claro el enfoque. Camino del trabajo me han dado un periódico, concretamente un 20 minutos, en el que he leído esta entrevista al grupo Angelus Apatrida. Antes de entrar en más profundidad en otros temas, felicitar a la banda por el trabajo que están realizando y por los buenos frutos que empiezan a cosechar.
Por supuesto no voy a entrar a valorar el nuevo trabajo de Angelus Apatrida, que ni siquiera he escuchado en profundidad. Esto no es un espacio para reseñas de discos y, caso de serlo, tendría preferencia el maravilloso Utilitarian que se han sacado mis adorados Napalm Death o el inclasificable In Somniphobia de los japoneses Sigh. No es por desmerecer a los albaceteños, pero estos discos me han impresionado cada uno a su manera. La cuestión es que no vamos a entrar por ahí. Voy a dejar un vídeo, eso sí, de los Angelus Apatrida por hacer algo de patria y si sirve de algo para promocionar su trabajo, pero vamos inmediatamente a lo que nos interesa.
La cuestión que me ha hecho traer este asunto al blog es que al final de la entrevista comentan lo siguiente: “Hace poco leí un estudio cuyo titular rezaba Los adolescentes inteligentes escuchan heavy metal para lidiar con la presión asociada de tener talento.” Esto suena interesante. Parece que el heavy metal no es sólo para descerebrados, como a veces se entiende en algunos entornos, sino que también le gusta la gente inteligente. Como aficionado a esta música, por supuesto, el asunto me hace sentir bien. Como psicólogo, aprendiz de neuropsicología, y, sobre todo, persona de mentalidad científica decidí buscar el informe de dicha investigación.
Cuando empecé mis estudios de doctorado, que se quedaron a medias (por el momento), el tema de mi tesis iba a ser la influencia del heavy metal en el desarrollo de la personalidad. Es obvio que me iba a interesar consultar la fuente. Lo primero que encuentro es el refugio antiaereo donde mencionan el asunto ¡¡¡en 2007!!! El tema no es nuevo. Ahí encuentro un enlace a The Telegraph que me lleva directamente a la portada de la sección de tecnología. Desisto de buscar, una aguja en un pajar, la noticia de 2007. En taringa, que hay de todo, aparece la siguiente referencia aunque, al entrar en el enlace, lo que encuentro muchos videos de grupos variados y reseñables pero nada de lo que ando buscando. Otro enlace, también a taringa, me presenta el clásico refrito que encontramos en Internet cuando buscamos información sobre un tema. Otro refrito más de taringa que añade la novedad de insistir en que los adolescentes con altas capacidades eligen “SIEMPRE” el heavy metal como música de referencia. Esto se pone raro, me preocupo. No sé si terminaré encontrando a alguien que insista en que sólo la gente con un C.I. superior a 180 es capaz de escuchar heavy metal.
Queda fuera de lugar plantearse si la inteligencia la miden con el clásico Weschler o con alguna otra prueba. O si tienen en cuenta la inteligencia emocional que sigue estando de moda. O, mejor todavía, la interesante propuesta de Howard Gardner de las inteligencias múltiples. Todo se mantiene dentro del mundo del misterio. Eso sí, los heavies son tela de listos, lo he leído en un blog. Continuemos.
Otro refrito, esta vez en un foro y sigo sin encontrar nada claro. Todos parecen referirse, una y otra vez, a la primera noticia del refugio antiaereo. Alguna vez sale, evidentemente, un enlace a la entrevista en 20 minutos. Menuda cosa endogámica. Pero, en medio de todo este marasmo de unos y otros, encuentro el enlace al artículo que desató la polémica en The Telegraph y que los amigos antiaereos no estuvieron finos al enlazar. A estas alturas pienso que me hubiese traído más cuenta buscar en su base de datos, pero ya está hecho.
Aquí está la madre del cordero. Gracias a este último hallazgo dispongo de una reseña completa del artículo de Cadwallader (2007), pero no he conseguido aún el artículo original. Veamos que nos cuentan.
El estudio es sobre una muestra de 1057 chavales, entre 11 y 19 años, con altas capacidades y ¡¡¡el 6% escucha heavy metal!!! Me resulta interesante el revuelo cuando los porcentajes para otros estilos musicales (39% rock, 18% R&B y 14% pop) es mucho mayor. Por supuesto habría que contrastar estos datos con los porcentajes de chicos de esas edades que, en el Reino Unido, escuchan heavy metal. Eso nos daría un dato de contraste que pudiera ser significativo. Sin embargo, aún hay más. Los que se declaran heavies parecen tener menor autoestima y utilizar el metal para controlar sus sentimientos de rabia, como algo catártico. Aquí ya estamos entrando en otra materia que es totalmente distinta. No se dice que los heavies sean más inteligentes, ni siquiera que todos los que son más inteligentes son amantes del heavy metal. Habla de la predisposición de los adolescentes con problemas de autoestima y sentimientos de rabia, entre otras cuestiones, a acercarse a este estilo de música.
Esto último está en consonancia con otros estudios que ya conocía. Roe (1987) hablaba de los malos resultados académicos y malas relaciones sociales como factores que influían en el incremento de la preferencia por músicas socialmente desaprobadas. Brown y Hendee (1989) trataron de encontrar una relación causal entre el rap y el heavy metal con el desarrollo de desórdenes (enfermedades) mentales. Por supuesto, encontraron que estas estaban más influidas por otras variables demográficas, historia familiar o dificultades en la escuela, que predispondrían a escuchar estos estilos musicales. Y hay mucho más. Queda la revisión de Scheel (1995) con una reflexión interesante. El heavy metal atrae, más que podruce, adolescentes con problemas. No voy a abandonar este tema a la deriva. Seguiré profundizando en él.
Por ahora parece que estos chavales con altas capacidades que nos hicieron pensar que los heavies podían ser muy inteligentes tienen problemas de autoestima y sociales (cuestión, por otro lado, que no es del todo inhabitual en estas poblaciones, aunque esto tendría que buscar datos que lo corroboren) que estarían explicando, mejor que su C.I., la afición por el heavy metal. ¡Menudo chasco! He pasado de pensar mira que bien, soy muy inteligente por ser aficionado al heavy metal a que mi autoestima está por los suelos y que mis relaciones sociales no son todo lo positivas que debieran. Además habría que añadirle sentimientos negativos de rabia. La cosa ha cambiado bastante.
En cualquier caso, estas referencias no son exhaustivas y tienen varias lecturas. No estoy sentando cátedra. No estoy diciendo que los aficionados al heavy metal, los heavies, metalhead o como quiera llamárseles no sean inteligentes, que tengan la autoestima por suelos, que son bichos raros sin amigos, ni gente violenta. Hay mucha tela que cortar aquí y esto es sólo una primera aproximación al asunto.
En mi experiencia personal, entre los metalheads hay de todo y para todos los gustos. Más inteligentes en el plano académico, o en el emocional, o en cualquier otro que se quiera mirar, y, por lógica, también menos. Los hay con conflictos emocionales, sociales, familiares, con abuso de substancias y los hay equilibrados, sanos y sin conflictos sociales. La cuestión es que a veces los psicólogos nos ponemos a investigar las cosas de una forma y con unos métodos (estadístico, que deforman un poco bastante lo que analizan) que dan respuestas del tebeo a preguntas absurdas. Hay que seguir viendo esto y mirándolo con lupa.
REFERENCIAS:
Brown, E.F. y Hendee, W.R. (1989) ‘Adolescents and their music – Insights into the health of adolescents’ Journal of the American Medical Asociation, 262, pp. 1659-1663.
Cadwallader, S. (2007) ‘The Darker Side of Bright Students: Gifted and Talented Heavy Metal Fans’. Occasional Paper No.19. National Academy of Gifted and Talented Youth, United Kingdom, 2007.
Roe, K. (1987) ‘The school and music and adolescent socialization’. En: J. Lull (Ed.) ‘Popular music and communication’ (pp 212-230) Bervely Hills, CA: Sage Publications
Scheel, K.R. (1995) ‘Preferences for heavy metal music as a potential indicator of increased suicidal risk among adolescents’ Unpublished tesis, University of Iowa, Iowa City.